Sefarad

20/Abr/2015

El País, Por Dr. HebertGatto

Sefarad

Hace unos pocos días, el 30 de marzo, se
recordaron los quinientos trece años de la expulsión de los judíos de España,
decretada el 30 de marzo de 1492 y que alcanzó a más de cien mil personas.
Se cerró de ese modo un período que
contrariamente a lo que suele proclamarse no fue feliz para el pueblo judío. El
mentado encuentro positivo de culturas, fue más un mito justificatorio que una
realidad. Lo cierto es que la convivencia pacífica de las grandes religiones
del Libro estuvo siempre erizada de suspicacia y violencia.
Quizás el mejor período de esta historia de
humillación y discriminación se relacione con la dominación romana, donde los
judíos fueron tratados con la impersonalidad de la ley, primero republicana y
luego imperial. Sin embargo, lo que ocurrió del siglo IV en adelante, modifica
esta perspectiva. El Concilio de Elvira y el Código Teodosiano en el
cristianismo temprano inauguran la era de las discriminaciones judeofóbicas que
nunca más se levantarán. Bajo los visigodos arrianos los judíos apenas son
tolerados, bajo los trinitarios, comienzan las persecuciones y conversiones
forzadas. El breviario de Alarico, los interminables concilios de Toledo o las
masacres de Menorca dan cuenta de esta situación. Simultáneamente la Iglesia
inaugura la tesis del deicidio. Mientras obispos y sacerdotes fabulan contra
los judíos, indignando a los sectores populares.
Tanta es la presión que en el siglo VIII los
árabes son bien recibidos por los sefaradíes. Aunque pronto vendrá el
desencanto. Tanto bajo los musulmanes almorávides como muy especialmente en el
período almohade la persecución adquiere ribetes trágicos. En 1117 en Córdoba,
cientos (o quizás miles de judíos) que se niegan a convertirse, son torturados
y muertos. Una represión similar a la de 1096 en el Norte de Europa con los
preparativos de la primera cruzada. Si no son expulsados es porque a unos pocos
se los usa fundamentalmente en tareas delicadas para la que los nativos carecen
de pericia. De aquí la leyenda de los judíos rapaces, solo dotados para
banqueros o recaudadores de impuestos.
El resto de la historia es más conocido, el
tríptico de Barcelona, Aragón y Navarra, junto al naciente reino de Castilla,
inician la reconquista y la formación de la actual España. Los judíos que
emergen del período musulmán con una afianzada cultura propia y una lengua
original, son nuevamente utilizados por los reyes para los que resultan un
aliado indispensable. Pese a lo cual en 1391, sufren un terrible holocausto,
incluso para la época.
El antisemitismo se fortalece, sin que pocos
reflexionaran sobre la contribución judía a la historia de España. Por el
contrario, popularmente fue siempre una comunidad sometida, percibida como un
despreciable grupo deicida, al que debía impedirse todo contacto profundo con
el sano pueblo español.
Tal la motivación última de los reyes
católicos al firmar el decreto de expulsión: preservar la integridad de su
cristianismo y complacer a las capas populares. Como sí encerrarlos en sus
barrios, humillarlos a diario y distinguirlos con marcas bien visibles, no
fuera más que suficiente. Muy otra es la actitud de los judíos. Según el
decreto de 1492 alcanzaba con convertirse al catolicismo para permanecer en la
península. Sin embargo la mayoría optó por la dureza del exilio forzado. Por
eso es valioso conmemorar este acto de valentía popular y no dejarse llevar por
mitos que transforman tragedias en idilios.